No sé porqué razón, mi optimista punto de vista me hizo pensar que llegar a Avignon sería coser y cantar, un camino de rosas, una continuidad espacio-temporal fácil de superar. Error. Ha sido un camino de rosas, sí, pero de rosas llenitas de espinas, se podría decir.

Todo comenzó bastante bien. En Ryan Air me dieron luz verde. La maleta a facturar pesaba 15 kilos justos, y la maleta de mano ni me la quité de la espalda (si la hubieran pesado, a lo mejor se rompía la báscula).

Aterrizamos en Marsella media hora antes de lo previsto, y yo por momentos aluciné al imaginarme llegando a Avignon antes de las seis de la tarde… Esta inocente ilusión se vió alimentada por el hecho de que nada más salir de la terminal, un autobús destino a la estación de tren iba a efectuar su salida, ¡¡¡qué suerte!!!

Total, que llego a la estación de tren hacia las cuatro y media de la tarde, y yo tenía un billete de TGV para las seis! Así que me dispuse a practicar esas maravillosas conversaciones de libro de francés nivel inicial, pero mi gozo en un pozo, porque no había sitio en ninguno de los trenes anteriores al mío.

La cosa se empezó a torcer cuando en los paneles, apareció un aviso que amenazaba de un posible retraso de 40 minutos en mi tren (¿posible? PROBABLE). Oh la lá… Es el momento de llamar a Michael, el servicial encargado de mi residencia… Con mis cuatro palabras mal aprendidas le intento explicar que llegaré una hora más tarde de lo previsto. Me da la sensación de que mi llegada en el día de hoy le coge por sorpresa… pero esto es algo que jamás sabremos…dado el hermetismo que maneja el muchacho.
Lo que me dice es que le llame cuando llegue. Vale, parece fácil.  Aún no había llegado lo mejor.

No me voy a quejar demasiado, ya que una vez más, el destino, las fuerzas divinas o cómo lo queráis llamar, pusieron en mi camino a uno de esos angeles que te salvan el pellejo, así, sin querer. Esperando la hora de salida de mi tren, se sienta a mi lado un hombre, de unos cuarenta años, que ante el segundo anuncio de retraso del tren (se aumentaba a 1 hora), empezó a echar cagamentos. Le miré y me reí. Le pregunté “¿Esto es normal?” y él me contestó que en absoluto. Luego dijo algo más, pero esto ya estaba fuera del temario del libro de francés nivel inicial, así que no entendí ni papa, y dije: “Desolèe, je ne comprends pas!” A lo que el respondió en español “No sabemos porqué pasa”, ante mi cara de sorpresa y satisfacción!  ¡¡Sabe español!!
Este mismo señor me advirtió, pasada casi una hora de estar allí sentaditos mirando al panel, de que otro TGV con parada en Avignon iba a salir en media hora. Me dijo, que  la hora de salida de este TGV, iba a ser la misma que el tren retrasado que teníamos que coger en principio, pero como este último seguramente se iba a retrasar aún más, el me recomendaba colarme en el que tenía la salida inminente, y no seguir esperando por el otro para el que yo tenía billete. Ante mi gesto de “Qué locura!!¿Pero eso se puede hacer?”, dijo que sí, que toda la gente del otro tren iba a subir debido al gran retraso del primero.
Yo alucinaba en estéreo, pero mi imaginación me hacía pensar en el pobre Michael esperándome y haciendo horas extras en la residencia, y después de mucho reflexionar (bueno, mucho no, que el tren se iba) en el andén, me subí al TGV que me dijo este hombre-ángel.

Media hora más tarde, bajaba en una estación de TGV abarrotada de gente y en el quinto pino, no en el sexto, respecto al centro de Avignon. Salgo por la primera puerta que encuentro y además de un frío que pela, sólo me encuentro un taxi con la luz encendida y sin chófer. Intento abrir la puerta, a ver si el taxista, ante el evidente intento de asalto a la intimidad, aparece de la nada, pero va a ser que no. El tio debía estarse cenando unos crepes o algo.  Llamo al teléfono del radio taxi que se anuncia en un poste, y le digo al hombre que descuelga que estoy en la estación de TGV de Avignon y que necesito un taxi, y el me responde nosequé coño, pero sólo entiendo “YO NO TAXI”, así que le digo: “merci”, y cuelgo.

Le pregunto a una señora que si sabe dónde puedo coger un autobús al centro o dónde hay más taxis, y primero pasa de mí y me dice que pregunte dentro de la estación. Pero en un segundo momento, creo que motivado por los pucheros que empiezan a asomar por mi cara, junto con las incipientes lágrimas en los ojos (empezaba a estar muy agobiada, muerta de frío, preocupada por el tio de la residencia, cansada, hambrienta y sucia, oliendo a chuzo), me dice que pruebe a salir por la otra puerta, que cree que allí hay una parada de autobús y más taxis.

Salgo como alma que lleva al diablo, y efectivamente la señora llevaba razón. Un autobús esperando, que abre y cierra las puertas sólo para mí y acto seguido, arranca. Le digo al chófer que si va cerca de Portail du Magnanen, y me dice Oui a côtè. Oui a cote? Su puta madre a cote! Me deja botada en la última parada y menos mal que a fuerza de tanto mirar el plano de Avignon en Google maps desde julio, sabía por dónde tenía que tirar para llegar a la residencia. Mi cuerpo ya casi no podía más. Os juro que tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos por evitar que las lágrimas se me salieran. Tenía frío, a la vez estaba sudada como un cerdo y pegajosa, cansadísima, me pesaban las maletas una barbaridad, el suelo empedrado (mecagoenlaciudadpatrimoniodelahumanidad) hacía que me costase el triple tirar del trolley, la calle estaba oscura, no había ni un puto alma (Esto es Francia) y sólo eran las ocho y media pero parecían las tres de la mañana!! Y tenía que llegar a toda hostia a una residencia donde me esperaba un pobre hombre con ganas de irse a la cama (supongo). Pensaba, ahora me asalta un loco y me quita todo el dinero que llevo encima (mucho, porque tenía que pagar la residencia y no puedo sacar con tarjeta que cobran una barbaridad de comisión), y me deja aquí tirada, jaja… “qué risa”.

Pero no, no me pasó nada. Por fin llego a la residencia, joder, ¡¡qué buena pinta!! Llamo a Michael, y ahora, atención, llega el momento huevón del día. Me dice que introduzca una clave en un teclado numérico para abrir la puerta que da acceso al patio. Yo hago lo que me dice y allí no pasa nada. El tío no sale, me cago en sus muertos. Menos mal que llegan dos chicas y abren con sus tarjetas, así que con las lágrimas de nuevo en los ojos, entro por fin al patio, y estaba pensando qué coño hago ahora que estoy dentro pero sin Michael?, cuando un tío sale de una puerta a mi derecha (pero qué huevazos! Estaba ahí al lado!! TÍPICO TÍPICO!!!) y resulta que es él!!!!!!!!!!!!!

POR FIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIN. Nos presentamos (tanto tiempo dándole la tabarra por teléfono…), y me lleva a mi estudio… Wooow!! ¿Pero esto son 20 metros cuadros? En España nos han engañado, nos han dicho que la mitad de esto son 30m2!! …¡¡Que veinte metros tan bien aprovechados!! El baño está genial (mi amiga María la cordobesa me había asustado cuando me contó que el baño de su estudio en Paris la permitía ducharse mientras se lavaba los dientes y hacía pis, y que era como el de un avión, jaja), la cocina está separada de la habitación mediante una puerta, en la cama cabemos tres si nos apretamos, tengo una super ventana desde donde veo el patio de entrada y la calle, y ¡¡no necesito más para ser feliz este año en Avignon!!

Michael se despidió de mí hasta mañana, y me dejó aquí solita. Yo estaba muerta de hambre, pero como me daba miedo no ser capaz de abrir las tropecientas puertas con sistema electrónico y quedarme botada en la calle hasta mañana y ya sin Michael, decidí quedarme en la habitación y atiborrarme a galletas integrales hasta acabarme el paquete. Me queda poco agua, y nada para desayunar. Mañana lo primero que tengo que hacer antes de nada (incluso desayunar) es ir a pagar a este pobre hombre y pedirle unas toallas y sábanas, porque con la prisa no se las he pedido. Vamos, que no he podido ducharme… ¡Menos mal que tengo las toallitas de culito de bebé! Jeje

La cocinita

Mi habitación y el patio

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