No se si alguna vez he transmitido sensación de angustia con mis palabras desde que he llegado a Francia… Lo cierto es que estoy muy bien y requetefeliz. Valoro muchísimo la experiencia que estoy viviendo. Intento ser consciente en todo momento de las nuevas situaciones.

He de reconocer tan solo un momento de crisis. Fue una mañana que me presenté temprano en la oficina de Relaciones Internacionales de la Universidad, para preguntar por los cursos de Francés. La persona de contacto no había llegado. La chica que había allí, me explicó algo, y a qué hora iba a estar. La primera vez no lo entendí. La segunda tampoco. Me lo repitió una tercera vez, y la dije: vale,vale… Pasaba de que me lo repitiera una cuarta vez.

Entonces salí fuera de la oficina, y noté un calor increible en mi cuerpo y sobre todo, en mi cabeza: La impotencia de no entender. Además de calor, mucho cabreo. Mucho. Me sentía enfadada conmigo misma. Había madrugado, había llegado pronto a la oficina, y la tipa no estaba, y no había entendido cuándo iba a llegar. Entonces, no me podía organizar el día, porque no sabía cuándo coño iba a estar la señora en cuestión.

Solución: Respirar hondo, contar hasta 10, no darle importancia, pensar que todo se arregla, y optar por volver a una hora a la que por sentido común, ella estaría en la oficina. Y eso hice.

Ha sido el único momento de crisis, o al menos, el único que recuerdo.

Los primeros días estaba sola todo el día, excepto cuando iba a mis centros para las gestiones de los primeros días. Pero no soy de esas personas que se agobian con la soledad. De hecho, necesito estar sola con frecuencia. Valoro la soledad. Por supuesto, bienvenidos los amigos.

Y estos van llegando. Ya he hablado de mi tocaya gaditana. Una chica estupenda. Este finde la muchacha se encontraba en su pueblo (no vive en Avignon) un poco tristona, y le dije que se viniera a Avignon, que se quedase a dormir, y salíamos por aquí.

Al día siguiente, nos fuimos a su pueblo. Avisé también a la asistente de inglés que trabaja en mis mismos centros. Es una americana, taaaan graciosa. Con gesto siempre sonriente, pelo alborotado, y una onmipresente botella metálica con agua en sus manos. Se vino con nosotras a pasar el día en la Isle sur Sorgue. Allí nos reunimos con otros dos españoles, una pareja de ¡¡Valladolid!! Ella es también asistente. Qué pequeño es el mundo:¡¡ es amiga de una amiga de Pucela…!!! (Natalia, si me estás leyendo, jejej, he conocido a tus amigos)… Y encima están viviendo en un apartamento aquí en mi mismo barrio, a menos de 500 metros. ¡Unos chicos encantadores!

La americana sólo quiere hablar en francés. Esto es bueno porque a mí también me conviene. Pero tiene una desventaja: limita muchísimo nuestras conversaciones. Ella habla super bien en francés, jamás pensarías que es americana. Yo, en cambio, soy como un niño de cinco años. Ella habla mucho, e intento no perder la concentración, pero me pierdo en una ríada de palabras, y cuando pienso que estoy entendiendo el sentido, aferrándome a las escasas palabras que conozco, se termina la frase y me doy cuenta de que no entiendo nada!! Es una pena, parece que tenemos muchas cosas en común, pero hay evidentes dificultades de comunicación…

Dientes, dientes…

El miércoles empieza el curso de francés que tanto necesito y ansío, pero mi maravillosa y poco seria Acádemie de Montpellier ha puesto la reunión de los asistentes de lengua ese día… ¡Qué pena! Me voy a perder el primer día. El Monsieur Manu ha sido avisado de mi próxima visita a su ciudad, pero no he recibido respuesta alguna… Estos franceses, qué raros son… Aunque los españoles no se quedan a la zaga. Ya contaré la última… de los españoles.

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