El día empezó  mal ante la imperiosa necesidad de levantarme a las 5. ¿La razón? Hoy tocaba reunión de asistentes en Montpellier. La americana y yo iríamos en el coche de uno de los profes de inglés del lycee, y habíamos quedado en que a las 7 de la mañana  me recogían en el alto de Villeneuve.

Después del maravilloso momento del madrugón, tocó el momento “diluvio universal”. Es decir, caminar durante 15 minutos por las calles del centro de Avignon, totalmente vacías, a las 6 de la mañana, bajo una lluvia torrencial y entre auténticas ríadas corriendo por las aceras.

Este maravilloso paseo matutino tuvo como consecuencia, el total enchumbamiento de mis botas. Todo el día con los pies mojados, vamos… Aún tengo las botas bajo el radiador a ver si secan para mañana. Y salvé de llegar al coche que me esperaba como recién salida de la ducha porque hace dos días tuve la suerte de comprarme un paragüas, que encontré de rebote, por 2 euros. Qué 2 euros más bien invertidos, oiga!

Después de como digo, caminar quince minutos, bajo la tormenta, llegué a la parada de la línea 11, que aún tardaría 10 minutos en pasar (Inciso: espera, bajo la lluvia y el frío). Luego, 20 minutos más de viaje para llegar a lo alto de Villeneuve. Donde me esperarían con el coche. O mejor dicho, donde YO esperaría al coche. Una vez más, bajo la torrencial lluvia.

Por fin aparece el cochecito leré, y comienza el viaje. Teniendo en cuenta que había dormido cinco horas y que los otros dos ocupantes del coche sólo hablaban en inglés y francés, el café no hizo efecto y caí redonda a pesar de las voces que iba dando la americana, jaja…

Llegamos a Montpellier y tras el segundo revitalizante café del día, empieza la primera parte de la formación. Bueno, más que formación, superchapa. Que si representamos a nuestro país, que si representamos al funcionariado francés (a la americana le encantó la frase de que representamos a los colores azul, rojo y blanco,o algo así). QUe si teníamos que ir correctamente vestidos, y un montón de “betisses” más que todo el mundo presupone, porque son obvias.

Por fin llegó la hora de la comida. Nos dieron tiquets a todos para un menu gratis en la comedor de la Universidad. La americana huía de sus compatriotas. Decía, y dice, que no quiere hacer amigos americanos, porque no quiere hablar en inglés. Yo he dicho muchas veces que no quiero hacer demasiados -no soy tan radical- amigos españoles, pero he de reconocer (en otra entrada me extenderé), que últimamente siento cierta nostalgia que me está sorprendiendo, pero ahí está. A lo que iba. La americana no quería sentarse con  americanos, y a mí me daba igual todo, sólo pensaba en echar bocado a aquel extraño plato compuesto de garbanzos, puerros, cuscus y huevo cocido que había elegido como menú, así que escogimos un sitio cualquiera y allá nos aposentamos. Más tarde se nos unieron a la mesa una colombiana muy maja, y una americana que hablaba también francés, y mi americana, pues feliz. A mí me daba igual todo. Estaba tan cansada… Además de mentalmente agotada de tanto francés.

Por la tarde era el momento de la formación por idiomas. Por idiomas en el sentido abstracto de la palabra, ya que la formación fue toda en francés. Es decir, de nuevo capté un 50%. Suerte que coincidí con una chavala majísima de Madrid, que me ayudaba cuando no entendía algo. De todos los allí presentes (unos 37 asistentes de lengua española), me pareció la más simpática de todos, y qué suerte que estaba sentadita a mi ladito.

Después de tres larguísimas horas  más de chapa y muchas fotocopias de ejercicios para aprender español más tarde, los profesores dieron por finalizada la jornada. Me sentí un poco -bastante- triste, porque comprobé que era la única asistente española por la zona de Avignon de la Academie de Montpellier. La gran mayoría de los españoles que estaban allí vivían en Montpellier, y se fueron luego todos juntos a tomarse algo, con algarabía y alborozo. Yo les dije adiós con una mano, y sosteniendo mi paraguas de 2 euros con la otra, me volví a la kangoo roja a esperar a mi americana y al profe de inglés. De vuelta a Avignon, me quedé dormida de nuevo en el coche.

En Avignon seguía lloviendo a mares. Qué barbaridad, ¿No decían que en la Provenza hacía sol? jaja…

Por cierto, iba a quedar con mi ami de Montpellier, pero su actitud tan provocadoramente francesa me ha terminado de tocar los cojones definitivamente y decidí pasar por esta vez, ya que es obvio que no tenía más fuerzas para seguir escuchando francés ni ganas de perseguirle, y ya le veré con más calma cuando vaya a Barcelona… porque en Montpellier tiene los días contados.

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