Lo de mi nombre en Francia comienza a ser cansino y además, preocupante, por las faltas de respeto a las que estoy siendo sometida (jaja…)…

Es cierto que hay muchos franceses de orígenes españoles en la zona en la que me encuentro (sur), y con estos no tengo problema. Cuando nos presentamos, me llamo Pilar y santas pascuas. Sanseacabó  el problema.

Pero ay amigo, cuando topo con un francés de orígenes cualesquiera salvo francés la  cosa cambia y mucho. No me cabe en la cabeza que no entiendan que me llamo así, que es un nombre español de chica y punto. Te lo aprendes y punto, tio, te jodes. Si no te gusta, te arrascas. Es lo que hay. Yo nunca había escuchado el nombre “Petya” de mi vecina búlgara de la residencia, pero me lo dijo dos veces y me lo aprendí sin más queja. Faltaría más. El nombre, algo tan íntimo, y determinante de la personalidad de alguien, es un concepto que no debe ser cambiado por nadie sin permiso de su poseedor. Porque no me llamo Pili, ni Piluca, ni siquiera Mapi, porque no me llamo Maria del Pilar, sino Pilar María, ¿Qué culpa tengo yo?. Tan sólo acepto el Pilarín/a de mis familia de Gijón. Pues nada, que no lo entienden, mecagoensusmuelas.

Lo más “grave” que me ha sucedido hasta ahora en Francia es que un chico, decida, de manera unilateral, que Pilar no es un nombre bonito, y que no le gusta, y que como me llamo Pilar María, me guarde en su agenda telefónica, y se dirija a mí como “Maria”. Esto, además de parecerme una falta de respeto, me causa un grave problema de identidad. Y como un reiterado “Me llamo Pilar” no ha servido de nada, he optado por el plan B. Ante otro nombre que no sea el mío, no respondo.

Toma.

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