Buenas noches.

Al final el día, ni tan mal, oye.

Bueno, antes de pasar a la parte buena, cuento la parte mala. No habíamos ni llegado al mediodía, y ya me había visto obligada a calmar mis instintos asesinos a base de café au lait y bombones de chocolate al doux parfum de la mandarine. Qué por qué, os preguntaréis. Pues porque después de levantarme, el día de mi aniversario, os recuerdo, a las 7 de la mañana, y llegar al lycee a las 9 de la mañana, para hacer a toda leche las fotocopias, me encuentro con que las dos profesoras con las que tenía clase de 10 a 12, no habían venido porque había huelga y ellas hacían huelga. Lo cual encuentro estupendo, digno y super respetable además de apoyable. Pero si me lo hubieran comentado el día anterior, yo también habría hecho huelga, en mi cama. Sobre todo porque después de la clase que terminaba a las 12, no tenía más clases hasta las 15, pero como Villeneuve está donde Cristo perdió el mechero, era una estupidez bajar a mi casa para comer a toda leche y volver a subir. Además, ya me habían sacado de la cama.

No lo han hecho con mala intención, simplemente es que viven en la parra. Pero autoconsolarme con este pensamiento no fue suficiente para acallar mi furia.

Así que llegué al college, a diez minutos andando del lycee, con una cara de mala hostia que no me podían borrar ni los bombones que había comprado para festejar el día con mis colegues.

Me senté en la sala de profesores, y ahogué mis penas en el café au lait laxante que da la máquina del college. Envié un sms a mi madre para contarle mi pena tan honda, y ella me sugirió que lo considerara un regalo para reflexionar y dar gracias por todo lo que Dios me había dado todos estos años. Pero no me pareció conveniente (perdona, mamá, pero preferí seguir ahogando mis penas en el café au lait laxante).

Pero parece que el cielo se empeñaba en que me acordara de él, ya que entonces entró en la salle un ángel llamado Virginie, con mala cara, todo hay que decirlo, y suspirando con su dulce acento: “tengo un problema y me tengo que marchar un momento, pero… tengo una cosa para tí”

¿Una cosa? ¿Una cosa? ¡La chavala se pasó! Fue a la Fnac y arrasó. Se me plantó con tres libros, uno por cada uno de los miembros de su familia, “excepto mi hermano, que se ha olvidado” dijo con tono de reproche… Me parto con Virginie…

Los libros eran…

Regain, de Jean Giono, porque es una novela en la Provenza de un autor provenzal

La petite fille de Monsieur Linh, de Philippe Claudel, porque es una novela actual.

La Gloire de mon père, de Marcel Pagnol, porque es una novela para niños y seguro que me resultaría fácil leerla.

Ya tengo libros para todo el año. Sobre todo porque cuando leo en francés voy a página por hora.

Virginie, una vez más se ha superado. Y es que aún queda pendiente un post sobre los dos días que pasé en Nîmes, en casa de su familia (idílica). Es la persona en la que más confío de todas las que he conocido en Francia. Lástima que viva en Nîmes. Pero los buenos ratos que paso gracias a ella en el trabajo, no tienen precio. Además, a medida que vamos cogiendo confianza, vamos descubriendo opiniones comunes sobre algunas personas que nos tocan los cojones, leáse, la americana , y una profesora. Vamos, que ya practicamos juntas el deporte nacional universal.

Así que al final, lo que iban a ser casi cuatro horas muerta del asco en el college, se transformaron en un aperitivo, una comida y un café comiendo bombones rellenos de dulce de frutas (qué ricos), con Virginie. Pero en vez de en un restaurante, pues estábamos en la cantina del colegio, comiendo lentejas y queso de cabra, y tomando el café, en la sala de profesores.

Y para rematar la jornada, recibí sms y felicitaciones por cauces varios de voz de todos mis seres bienamados (me he inventado la palabra, lo se) españoles, y sorprendentemente, de algunos de estos extraños seres que se hacen llamar franceses o residentes en Francia.

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