Cuando veo a algunas de mis alumnas francesitas mirando de reojo a los zopencos que tienen de compañeros en vez de escucharme, perdiendo el tiempo prestando atención a las baballadas que ellos les cuentan, jugando a ser coquines,  sonrojándose y dejándose tirár de los pelos por ellos, también dejándose sobar, no dejo cuanto menos, de sonreirme por dentro.

Pero también me da mucha rabia, me dan ganas de darles dos tortas, espabila coño que este mequetrefe no vale nada y te está dispersando. Jeje…

Y por otro lado me siento tremendamente orgullosa cuando veo a esas otras alumnas que son las que tienen la iniciativa, las que tiran de la clase, las que imaginan más y mejor, las que exprimen su cerebro hasta límites insospechados, la que se corrigen mil y una veces, las que escriben escriben y escriben, las que se pelean por particicipar, las que más piensan, las que siempre quieren llegar más lejos que la última vez. Son guapas, coño. No son las típicas tópicas empollonas gafotas que retratan las películas. Son guapas, por dentro, y por tanto, son guapas por fuera, porque pisan con fuerza, no se amedrentan y eso las hace bellas.

Y que siempre sean mujeres… ¡coño!  ¿Cuándo nos dejaréis pasar para demostraros que podemos hacerlo igual o mejor que vosotros? ¡ Cuánto talento desperdiciado por estar en casa cargando con todas las responsabilidades que esta conlleva, o relegada a un puesto inferior al que nos corresponde en el mundo laboral!

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Vale la pena ser la profesora de esas mujeres.   No sólo para que crean en sí mismas, sino también que pueden cambiar la sociedad. Y que si la sociedad no las deja entrar, le den tres patadas (simbólicas, no a la violencia, jaja ) a la puerta y entren en ese despacho de directiva o de lo que sea, que se merecen.  Para tener el gran despacho de la vida que se merecen por su esfuerzo.

Nota. Por supuesto, tengo alumnos-hombres buenos también. Pero ¡ay amigos! Las mejores, y las mejores notas, son para las chicas…

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