La chica palmera, de la isla de La Palma, Canarias, llegó a mi residencia buscando un apartamento en el que instalarse. Es una fisioterapeuta que ha llegado a Francia, como tantos otros como ella, para trabajar, en mejores condiciones que en España.

La residencia no le gustó, pero en cambio, dejó su número de móvil a Michel, el encargado, y le suplicó que la pusiera en contacto  con otros españoles que vivieran allí.

Así que dos semanas después, yo fui a hablar con Michel de otra cosa, y antes de despedirme, me pasó un papelito con un teléfono.

Es una chica de Baleares… Ah no, de las otras….

¿De Canarias? Pregunté perpleja

No se… Creo que digo algo de “Palma”

¿De Palma? Será de Mallorca…

Finalmente contacté con la chica… Pues sí, canaria, de La Palma, la isla de mi padre, que casi estaba más emocionado que yo con el descubrimiento…

Así que palmera y canariona, quedaron una noche de miércoles en la plaza del reloj de Avignon. Hacía frío pero no demasiado. Era muy tarde para un francés, pero no demasiado para dos españolas. Eran las nueve. La palmera de padres alemanes era alta, casi tan alta como una modelo, muy delgada, pero tenía cara de buena persona, aniñada.

La llevé al café de Utopia,  tomamos un té, y ella cenó una tostada con atún albahaca. No paramos de hablar en hora y media, y me dijo que ya había echado de menos hacer este tipo de cosas… No es fácil conocer gente en Avignon , no…

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