Al cabo de dos años, sin previo aviso, enfermo y alcoholizado, incapaz de soportar las tensiones con su hermano, sus amigos y consigo mismo, se va a Arlés. Le quedan dos años de vida. Pero en la luz y en la belleza de la gente y de la naturaleza del sur, Van Gogh encuentra un lugar de fábula, casi tan fascinante como su admirado Japón. Y toda clase de motivos en los que poner a prueba la lección pictórica parisina. «Aquí, las costumbres son menos inhumanas que en París y creo que podré hacer retratos. Estas gentes son más artistas que las del norte. He visto figuras tan bellas como las de Goya o Velázquez. Saben colocar una nota rosada en un vestido negro, combinar el azul con un amarillo… Por eso, me atrevo a pensar que picarán el anzuelo de posar para mí.»

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