No hay día en que no me acuerde de Eslovenia. No hay día que no sueñe con  regresar.

Regresar en verano para bañarme en el Adriático en un día de excursión en Croacia. Para ir a pasar la tarde a las termae de Novo Mesto, y merendar cerezas hasta que no pueda más.

Regresar en otoño para pasear por el bosque, saltar sobre los colchones de hojas secas que crujen bajo por mis pies y coger castañas para luego merendarlas después de asarlas en el horno.

Regresar en invierno para ver cómo la nieve lo cubre todo. Salir de noche de casa para ir a clase de francés.

Regresar en primavera para oler las flores del jardín que mi casero Duro cuidaba con amor cada día.Tumbarme sobre el césped que todavía olía a hierba recién cortada…

Atravesar el bosque en medio de la ciudad. No echar de menos nada ni nadie.  Ir el sábado por la mañana al mercado de Ljubljana y comprar galletas recién hechas en el “Mlin in Pekarna”. Practicar español con Eva, responder mil veces a su preguntas favoritas: ¿Cuál es tu color preferido? ¿Cuándo es tu cumpleaños?. Desayunar los dulces que Sonjia subía a veces por sorpresa, y que me canten cumpleaños feliz en esloveno cuando sólo hago veintiseis.

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Sí, todos los días. Aunque sólo sea durante un minuto. Todos esos recuerdos, colores, sensaciones, pasan por mi mente y me atrapan durante un instante. Y entonces se me revuelve algo en el estómago, y se que volveré. Aunque yo no lo sea la misma. Aunque Eslovenia no sea la misma. Se que aún sentiremos algo la una por la otra.

making biscuits in ljubljana's saturdays market

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