Hoy la jornada de trabajo ha sido re-que-te-du-ra. He sentido en más de una ocasión deseos de gritar, patalear, pegar a alguien,y no precisamente a los clientes (hoy me ha tocado enseñar el centro a gente especialmente simpática!), sino a esa maravillosa raza que son los compañeros de trabajo, o como dicen los franceses, los Collegues.
Parece que lo normal es que el conocimiento te venga del aire, lo respiras, y voilà. Ya lo tienes en tí. Joder, qué guay. Ya podía haberme sacado la carrera así, con esta metodología de aprendizaje tan moderna. Claro, igual lo más normal es que si me tengo que aprender 567.098 leyes y normas sobre el funcionamiento del club, me las deis por escrito, yo me las leo en casita y a los dos días soy una perfecta trabajadora alienada que repite mecanizada todos los procedimientos perfectamente.

Pero como no tengo el libro ese gordo de Petete porque al parecer no existe… no sé cómo hacer las cosas, y cuando tengo fallos, me equivoco, y bastante tengo yo con reconocerlos. No, pues encima tiene que haber alguien cagándose en mí y poniéndome malas caras.

Menos mal que la mañana paseando por el gótico en muy muy agradable compañía, reponiendo fuerzas con roiboos de canela y un delicioso menú en un restaurante vegetariano (de cuyo nombre no me acuerdo pero ya buscaré para deleite de mis escasos pero fieles lectores, jejeje… ) fue  suficiente para afrontar esta dura jornada de alienación con dignidad y alegría.

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